Comenzar con señalar que todas las formas de discriminación y de dominación patriarcal contra las mujeres, vulnera los más genuinos derechos humanos, universales, de género y también de clase. Por siglos la mujer ha sido sometida y relegada a las más ignominiosas vejaciones por el sólo hecho de ser mujer, lo que no es nada ajeno a las situaciones presentes.
En toda la genealogía del pensamiento económico feminista, queda evidenciado que la discriminación se expresa en la diferenciación que, por razones de género y de clase, ocurre contra las mujeres en relación al hombre, lo que se manifiesta en las distintas relaciones sociales, económicas, culturales en la sociedad entera. Las brechas de género en participación laboral y salarial es una de las discriminaciones a la cuales las mujeres nos hemos tenido que enfrentar a lo largo de la historia, incluso en países donde existen marcos legales y jurídicos firmantes de convenciones internacionales, como la “Belén do Pará” (1995) o la “Eliminación de todas las formas de discriminación contra la Mujer” (CEDAW, 1981), lo que supone el cumplimiento de tales estamentos legales. ¿A qué se debe ésto? Es la pregunta que nos lleva a analizar los siguientes datos y cifras que nos develan cifras preocupantes en materia de desigualdad y equidad de género, para Chile.
La fuerza de trabajo de las mujeres, encierra en sí mismo, en el contexto del trabajo productivo, reproductivo y de cuidados, remunerado o no remunerado, relaciones de discriminación y desigualdad social, producto de la división social y sexual del trabajo. Lo que ocasiona entre otros aspectos brechas de género en el trabajo dentro del hogar y fuera de él. La autonomía económica de las mujeres es uno de los principales motores para avanzar en la reducción de la desigualdad.
Ser mujer se asocia a la maternidad y roles de cuidado, para no ir más allá, hemos afirmado en reiteradas oportunidades, “las mujeres tienen doble y triple jornada”, “son doble y triplemente explotadas”, “se dedican al trabajo remunerado y no remunerado, en exhaustas y prolongadas horas de trabajo”, lo que está muy lejos de ser una utopía o producto del imaginario colectivo. Las estructuras y los mecanismos que rigen el funcionamiento del mercado laboral son claramente androcéntricas, la mujer termina asumiendo roles de género, de acuerdo a patrones culturales que se les asigna, que se naturalizan y normalizan, en una sociedad marcada por la subordinación y la supremacía patriarcal y privatizadora.
En este sentido, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, ejercido mayoritariamente por mujeres, se realiza para producir servicios, está compuesto por el tiempo que se utiliza en las labores del hogar, destinados al consumo propio o para otros hogares, que se realiza durante un período determinado y se caracteriza por ser un trabajo no remunerado. Ha sido uno de los trabajos donde la mujer y quien lo ejerza, ha tenido mayores dificultades en ser reconocido y visibilizado en igualdad de condiciones, al respecto la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoce y describe las “Tres R”: Reconocer, Reducir y Redistribuir el trabajo reproductivo y de cuidado para contrarrestrar el efecto de precarización de la vida. En Chile, los datos sobre parejas heterosexuales, donde ambos están insertos en el mercado laboral, revelan una cifra alarmante: una de cada diez parejas, lo que representa un 11%, distribuye la carga de trabajo no remunerado de manera equitativa entre hombres y mujeres.
Ya a fines del siglo XVIII, se delinearon las primeras críticas a la economía clásica desde una perspectiva de género. En Inglaterra, la escritora y la filántropa Priscilla Wakefield (1751-1832) criticó al economista Adam Smith por no incorporar en su análisis el trabajo de las mujeres -tanto mercantil (ámbito público) como doméstico, (ámbito privado) – y por no abordar el tema de la exclusión de las mujeres de los trabajos mejor remunerados. A este mismo tenor, Ada Heather-Bigg (1855-1944) concluriría que los hombres se oponían a que las mujeres ganaran un salario, pero no ha que trabajaran en el mercado laboral; así los varones protegen y resguardan el poder economico de manera exclusiva, frente a la mujer y a la familia. Y en medio de importantes y destacados pensadores, filósofos /as y economistas a lo largo de la historía nos encontramos en el siglo XIX, al filósofo y sociólogo Friedrich Engels, quien rechazó el estatus inferior que se le otorgaban a las mujeres en la familia victoriana. (Leer “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado” es de vital importancia para obtener una mayor comprensión de lo señalado).
Ahora bien, a lo que cifras respecta, mencionará algunas que nos develan una oscura realidad para Chile en materia de equidad e igualdad de género, especialmente en el trabajo que se ejerce en el ámbito doméstico. Sí miramos los datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2015), aplicada por el Instituto Nacional de Estadística, nos indica que las mujeres destinan en promedio 5,9 horas diarias a tareas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, mientras que los hombres solo en 2,7 horas.
Actualmente se encuentra en proceso de recolección la II Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), la misma se prolongará hasta el 29 de diciembre de 2023. La importancia de esta encuesta es poder Identificar las brechas de género en el tiempo dedicado a trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Se trata de una cuenta nacional que nos permite medir el tiempo utilizado en las actividades diarias en términos de horas, el cual es concluyente para indagar una de las desigualdades estructurales que más aquejan a las mujeres y aquienes ejercen este trabajo: la carga de trabajo doméstico, reproductivo y de cuidados.
Otra forma de medir el valor del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado es a través del Producto Interno Bruto (PIB). Los datos del año 2015, revelan que que el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado equivalía al 22% del PIB Ampliado, lo que supera el aporte de todas las otras ramas de las actividades económicas.
Trabajo doméstico que crea riqueza espiritual y material, es decir sin este trabajo no sería posible el sostenimiento de la vida y por lo tanto del sistema económico y social, por lo que podemos afirmar que este trabajo ha subsidiado el desarrollo de los países, durante siglos.
Tras el fin de la Pandemia del COVID 19, quedó explícitamente demostrado que el trabajo doméstico aumentó considerablemente, así quedó evidenciado en un reportaje de la Revista Ya, a finales de 2020, “Radiografía al hombre cero”, donde se conocen los siguientes datos: el 38% de los hombres dedican cero horas semanales a realizar tareas domésticas. Además, el 71% dedica cero horas al acompañamiento de sus hijos e hijas en tareas escolares, y el 57% dedica cero horas al cuidado de niñas y niños. En oposición, las mujeres encuestadas, dedican cada semana 14 horas más que los hombres a tareas de cuidado de menores de 14 años.
Se insta a introducir para los debates tanto institucionales como los provenientes de las organizaciones sociales, politicas y económicas, la importancia de adoptar medidas específicas de igualación de oportunidades entre mujeres y hombres y de corresponsabilidad social, politicas eficaces en el mercado de trabajo, para la redistribución equitativa del trabajo de crianza, de cuidados y doméstico. Promoción de iniciativas de conciliación entre la vida familiar y laboral. Reconocimiento y garantía del trabajo reproductivo y de cuidados como actividad económica que produce riqueza, bienestar social y creadora de valor agregado, derecho a la seguridad social y libre detodo tipo de violencias y discrimación contra las mujeres.
Escrito por: Tania Valentina Hidalgo Tapia.

Hola Tania,
Muy interesante el artículo sobre ma desilgualdad de género que vivimos.
Deseo firmular dos dudas o inquietudes:
1.- Será posible conocer más datos estadísticos publicado por la revista Ya a la cuál hace mención?.
2.- A su jucio, cómo se podría reducir de desigualdad de género en el plano local?, sea este en el rerritorio, junta de vecinos?.
Saludos
Una realidad que es necesario cambiar si queremos que se reduzca esta enorme desigualdad.